Aunque llueve dos mil milímetros al año, con la pérdida de estos reservorios que infiltran los suelos y menos precipitaciones veraniegas, habitantes rurales se abastecen con camiones aljibe entre noviembre y marzo. Investigadores innovan con proyecto para afrontar crisis hídrica.

En Chiloé llueven unos 2 mil milímetros al año y, sin embargo, los habitantes de más de 200 localidades rurales solo cuentan con el agua que reciben desde camiones aljibe en los meses más cálidos, entre noviembre y marzo.

Es la paradoja de la isla grande, donde abundan las precipitaciones torrenciales, pero, a diferencia de décadas anteriores, éstas comenzaron a reducirse en verano.

Este es uno de los efectos del cambio climático, según el equipo de investigadores de la Estación Biológica Senda de Darwin (EBSD), situada a 15 kilómetros de Ancud, donde en varios proyectos se monitorea la respuesta de los bosques nativos y ecosistemas a este fenómeno.

“El Mercurio” visitó este enclave de la ciencia, creado por la Fundación Senda de Darwin hace más de veinte años, que hoy integra la red de centros y estaciones regionales de la U. Católica en el país. Y se vincula, además, a redes nacionales e internacionales de sitios que realizan estudios ecológicos y de biodiversidad a largo plazo.

Allí también trabajan investigadores y alumnos de pre y postgrado de las universidades de Chile, de Concepción, Austral y la Católica de Valparaíso.

“Hay un interés mundial en este momento por el efecto de la desecación: muchos modelos muestran que se va a incrementar la aridez y eso significa que va a disminuir la humedad que es clave para las plantas y los ecosistemas”, explica Juan Armesto, director de Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) y fundador de la Senda de Darwin, quien lidera varios experimentos de campo para indagar cómo los bosques reaccionan ante una menor precipitación (ver recuadro).

La crisis hídrica

“La cantidad de agua que cae en Chiloé no debería generar escasez en ninguna parte”, enfatiza Cristián Frene, investigador UC-IEB, quien guía un proyecto de innovación en dos localidades de las comunas de Ancud y Quemchi. Sin embargo, los registros en las estaciones meteorológicas muestran que las precipitaciones han cambiado tanto en intensidad como en frecuencia. “Si en 2001, el 40% del total de la lluvia cayó en verano, en los últimos años se ha visto una disminución sostenida hasta llegar al 20%, mientras el total de las precipitaciones se mantiene constante”, dice. Y así, relata, en los últimos 5 años las familias que habitan en zonas rurales sufrieron una dramática escasez de agua, paliada con camiones aljibes.

Que haya menos lluvias en el verano es una de las causas, dice, pero además existe un factor humano de degradación de los bosques nativos, por cosechas que superan su capacidad de regeneración o por incendios.

En una isla donde no existe una cordillera que acumule nieve, los bosques siempre verdes y nordpatagónicos adoptaron un papel clave: son los reservorios del agua que cae en invierno, la que entregan gradualmente al suelo. “Los bosques combinados con las turberas (humedales) son capaces de cumplir funciones como almacenar agua y después liberarla lentamente”, enfatiza. Pero, según describe Frene, con décadas de mal manejo y destrucción de estos ecosistemas forestales milenarios, los suelos se han degradado y la capacidad de retener agua es mínima.

A su vez, las turberas, humedales que también cumplen una función como interceptoras de agua, similar a una “esponja” , enfrentan la extracción masiva del “pompón”, como se conoce al musgo Sphagnum que se saca incluso con máquinas para la exportación y venta como un “producto ecológico”, aunque deja un impacto enorme en el suelo y en el agua.

Intervención en Catruman

Ante el actual escenario, el equipo de la EBSD, en una línea social de desarrollo, planteó a las autoridades locales (gobernación y municipios) un proyecto participativo de gestión local del agua que comenzó en Catruman (Ancud), una localidad rural de 104 habitantes que sufren la escasez de agua para subsistir ellos y sus animales.

Catruman abarca 800 hectáreas, donde se catastraron y estudiaron varias de sus microcuencas para realizar un manejo integrado. Había zonas con agua y otras sin agua, y detectaron que en los sectores donde aún quedaba bosque nativo había tres esteros que no se secaban, pese a la reducción de las lluvias estivales.

La meta es dejar atrás la etapa de los camiones aljibe y que, con apoyo local y de la Corfo, se establezca una red de agua potable rural para la comunidad. Esto, sumado a la protección de las fuentes (bosques nativos y humedales), depuración de aguas servidas y mejores prácticas agrícolas convertirán a Catruman en un modelo de planificación territorial que se podrá replicar en otros caseríos de Chiloé.

Red mundial

La EBSD participa en la red mundial de investigaciones ecológicas de largo plazo (ILTER), que integra a 44 países con 800 sitios que comparten sus datos.

Un experimento para conocer qué pasaría si quitamos el 30% de las lluvias en un área de bosques nativos de la zona austral de Chile

En un sector de bosque nativo de la Estación Biológica Senda de Darwin se han cercado dos parcelas de 20 por 20 metros cada una, donde se observan unas canaletas que interceptan las lluvias e impiden que el agua llegue a los suelos. “Este experimento nos permite contar con alguna medida para predecir mejor qué puede ocurrir si el clima se pusiera más seco. Estamos excluyendo una parte del agua (30%) que llega al bosque en el verano, cuando la evidencia muestra que las precipitaciones están disminuyendo”, describe el investigador de Ciencias Biológicas UC e IEB, Juan Armesto.

Según explica, los modelos climáticos, que se construyen con datos de todo el mundo, proyectan que en el próximo siglo las lluvias para esta región se reducirán entre 30% y 50%. En el caso de Chiloé, el efecto visto hasta ahora es que “los veranos se han ido poniendo más secos”.

Este experimento comenzó hace unos seis años y se requiere observación de más largo plazo. No obstante, dice Armesto, en forma preliminar, sí se ha visto en las parcelas una mayor caída de follaje de los árboles, porque las plantas tienen menos agua para transpirar. Y añade que es un efecto que puede incidir en el crecimiento en el largo plazo, porque disminuye la superficie para realizar fotosíntesis.

“El árbol es esencialmente una bomba de agua, que está conectada al suelo y a la atmósfera. Si la atmósfera está seca transpira y si está húmeda, el árbol mantiene la humedad”, enfatiza.

Este tipo de experimentos se realizan también en otras zonas del hemisferio sur, como la Amazonía, y pueden ayudar a construir modelos para esta región que está menos estudiada que el hemisferio norte.

Otro proyecto de largo plazo, que se desarrolla en la Estación, mide el intercambio de carbono entre la atmósfera y ecosistemas típicos de la isla, tanto bosque como humedales. En este caso, los instrumentos están en medio de las turberas y también en una torre de 42 metros de altura, que se eleva 12 metros por sobre la copa de los árboles para detectar emisiones de carbono.

Fuente: Emol.

 

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